Suena el timbre de casa. Nos asomamos y es un vendedor. Fastidio.
Suena el teléfono. Descolgamos y es un teleoperador. Fastidio.
Estas son unas escenas familiares para todos nosotros. Y el fastidio, molestia o pereza que nos provocan está en la base de la gran pregunta que asoma a la regulación del marketing de influencers.
Autocontrol, la Asociación para la Autorregulación de la Comunicación Comercial, y la AEA, Asociación Española de Anunciantes, publicaban a inicios de 2020 el Código sobre el uso de influencers en la publicidad.
Según el código, informar de las acciones que son publicitarias será de carácter obligatorio para las compañías auditadas por ambos organismos, y volvemos a la gran pregunta… ¿Seguirán las “colaboraciones” siendo efectivas e impactando a la audiencia? ¿o se contagiará a las redes sociales el fastidio de venta que late en todas nuestras otras interacciones con vendedores? El avance en la regulación del marketing de influencers es un reto para las marcas (y para los influencers).
Vivimos una sociedad en la que uno de los bienes más escasos que hay es la atención. Por eso el gran reto de las marcas cuando reclaman la atención de la gente a través de los influencers es “devolverla con intereses”. Nos han regalado tiempo y a cambio ¿qué hemos devuelto? La batalla la ganarán las marcas que sean capaces de ser cercanas, informar de manera amena, aportar información útil y crear lazos con las personas, en definitiva de construir un relato de marca sólido. Encontrar ese relato y chispa que nos une con el público es lo permitirá a las marcas compaginar sus acciones en RRSS con una comunicación transparente.
Influencers y Salud ¿doble reto?
El uso de las redes sociales va en aumento, y durante la pandemia se han convertido en el canal por excelencia. No en vano hemos visto como perfiles de médicos, farmacéuticos, enfermeros han duplicado sus seguidores, aumentando su popularidad hasta alcanzar la pequeña pantalla. Nadie duda de su rigor científico ni de su papel divulgador, convirtiéndolos en portavoces legítimos dentro del territorio de la salud.
Diametralmente opuesto es el caso de influencers que, sin ninguna formación médica, se sienten libres de compartir con su audiencia “lo que a ellos les funciona”, y si se trata de un medicamento, por qué no? También es digno de compartir.
¿Qué pasa en estos casos? ¿Cómo se regulan esas menciones espontáneas de productos farmacológicos?
Si te ha resultado interesante, te animamos a abrirnos la puerta y encontrar las respuestas. Aquí puedes descargarte el Informe completo. ¿Nos abres?)




